Cuando el Diablo ✦ poseyó al novelista más guapo del mundo

La Novela de Hoy — 1923

Frívolo, libertino, erótico, sicalíptico, irónico, decadente, rojo y maricón. Con un kimono de rosas, con las cejas perfiladas, con los ojos pintados. Escritor, periodista, músico, dibujante, modisto… Y, ante todo, el novelista más guapo del mundo o, por lo menos, de la España de principios de siglo XX.

Álvaro Retana fue, desde bien joven, uno de los autores más populares y comerciales de la España verde de su época.

Cuando el Diablo poseyó a Álvaro Retana corría el año 1923, comienzos de la dictadura de Primo de Rivera. Malas noticias para él, su carrera, y para su editor, Artemio Precioso1Por ello, en La confesión de la Duquesa (del mismo año) Artemio y él escribieron un prólogo satírico, retando a la censura, y alegando que Retana, casto por naturaleza, era tan libertino e impuro porque el Diablo se había enamorado de él.

Un texto divertidísimo, atrevido y melancólico. Escrito por dos personas que sabían que los tiempos habían cambiado, que ahora el país en que vivían era más frío y oscuro, y que muy pronto tendrían que exiliarse a París para continuar con su vida y su carrera.

Sin más dilación:

A manera de prólogo

El capricho del diablo

Mientras el joven novelista escoge entre los últimos retratos que acaba de entregarle el fotógrafo Mena, de cuyo escaparate de la calle de Carretas han sido por cierto robadas misteriosamente las muestras iluminadas que reproducían al popular artista, exclama Alvarito:

—Es preciso que lo sepa todo el mundo, Artemio. Yo he estado siendo víctima durante larga temporada de las maquinaciones de un íncubo2 satánico.

—A ver, explíqueme usted eso.

—Sí; el Diablo estaba furiosamente enamorado de mí y apetecía mi alma blanca y pura, mi confortable juventud y mi excelente buen humor para hacer el reclamo al infierno. Y para realizar sus propósitos hizo que un íncubo se apoderarse de mi cuerpo y de mi espíritu y me arrastrase a la vorágine.

—Eso es original y pintoresco.

—Ahora se explicará usted porque yo, que soy casto por naturaleza y que abomino el Pecado, haya podido cometer las más fantásticas locuras. El Diablo me obligaba, impaciente por condenar mi alma, deseoso de presentarme en el infierno como atracción de forasteros.

Menos mal que el Pecado ha pasado por mí como el rayo del sol por el cristal: sin romperme ni mancharme.

Ilustración a partir de la fotografía. De A. Juez.

—¡Es usted siempre el mismo!

—El Diablo exclusivamente es quien para deslumbrarme me aportaba el éxito como novelista, inspirándome esas novelas picarescas que tanto irritaron a las honestas damas de Estropajosa; el Diablo es quien aconsejó a Missia Darrys que me proclamara el novelista más guapo del mundo; el que empujó hasta Manuel Silvela, diez, a esa corte de admiradoras y admiradores que me han enloquecido durante semanas enteras. El Diablo es, en suma, el único responsable de mis travesuras juveniles y de mis disculpables arrebatos. Pero, yo, al descubrir recientemente sus terribles maquinaciones, me he propuesto desbaratarlas.

—¡Ah! ¿Sí?

—Sí, Precioso. Estoy firmemente decidido a recuperar mi virginidad espiritual, ya que la material no me la devolvería ni Dios; seré fuerte contra las tentaciones, y edificaré al mundo con la austeridad de mi conducta y la moralidad de mis libros. Seré íntegro, timorato, tan rabiosamente virtuoso, que las familias me declararán su escritor predilecto y me ofreceré al Directorio, como ya lo han hecho Maura y otras personalidades, que también, como yo, estaban en una situación dudosa ante la opinión pública. Enviaré mis obras antes de su publicación al general Primo de Rivera3 para que las analice severamente, y el Directorio cabrá la satisfacción de haber contribuido a salvarme de las garras del Diablo. Ya sé que Lucifer me restará admiradores; que me hará envejecer antes de tiempo; me afeará; conseguirá que fracasen las obras teatrales que preparo. Pero no me arredro.

¿Qué me importa arruinarme, ser olvidado y perseguido por el público, sufrir crueles tormentos, si en cambio salvo mi alma?

—Tiene usted razón.

—De suerte que, tenga la bondad de hacer saber todo esto al público, para que no se sorprenda ante el cambio radical que observará en mi literatura. A esta novela de hoy, sin pasajes amorosos, fidelísimo extracto de la confesión de una auténtica duquesa del siglo XVIII, cuya correspondencia ha caído en mis manos casualmente, se sucederán otras producciones dramáticas, tremebundas en las que habrá asolamientos y fieros males, hasta justificar el éter; pero sin la menor intervención de Eros. Mis bellas y honorables amiguitas María Antonia, Reinita, María Teresa, Consuelín, María de los Ángeles, Laly, Margot, Victoria, Luisita y otras tantas, podrán leerme oficialmente, con permiso de los papás respectivos. Pide usted a Su Majestad el público que me ayude defenderme de Satán y que no me abandone en mí nueva a modalidad. Porque si así fuese no me quedaría más recurso que recluirme en el claustro.

Me confeccionaría un hábito sencillo, pero elegante, e ingresaría en una comunidad religiosa por lo menos hasta que se le pasara al Diablo este capricho que siente por mí.

—Está muy bien, Retana. Todo esto se dirá.

—No se le olvide poner mi dirección: Manuel Silvela, diez; pero vuelva usted a insistir en el detalle de que toda persona que me escriba y aspire la contestación no deje de ponerme siempre sus señas y acompañar el sellito correspondiente. ¡Que me gasto un horror en cartero y franqueo!

—Vaya, me voy. ¿Eligió usted la foto de la contraportada?4

—Sí, ésta. Como verá usted, he renunciado a presentarme ligero de ropa. Con sombrero colado hasta los ojos, camisa, cuello, corbata, gabardina y ¡hasta guantes¡ ¡Cómo cambian los tiempos, Artemio!

—Usted tiene el suficiente talento para interesar siempre al público en cualquier actitud que se coloque.

—Yo creo que es el público quien siempre me concede un amable interés que me obligaría a aceptar los mayores sacrificios por seguir contando con él.

Y Álvaro Retana esboza una sonrisa que es todo un poema de intención y de melancolía.

Anotaciones

1Artemio Precioso (Hellín, 1891—Isso, 1945) editó la revista Muchas Gracias, La Novela de Noche, Los Hombres Libres… donde publicaron algunos de los escritores más célebres de la época.

2El íncubo es la contraparte masculina del súcubo. Seguramente no sea casual, ya que Retana incluía frecuentemente la bisexualidad en sus novelas.

3Primo de Rivera la tomó con Precioso y los escritores decadentistas españoles, al publicar un relato de Valle-Inclán en el que satirizaba al dictador. Todos lograron escapar a París menos Valle-Inclán.

4La fotografía a la que se refiere es la que aparece en este artículo, con guantes y gabardina. También he dejado una ilustración inspirada en dicha foto.