El maestro romano de Casar de Cáceres

Revista Estampa — 30 de mayo de 1936

"Es Don Ángel, el maestro de la melena"

El "maestro de la melena" de Casar de Cáceres dando clase en un aula llena de niños.
Fotografía que acompaña al artículo original.

Hay un pueblecito en la provincia de Cáceres —Casar de Cáceres— donde los escasos viajeros que lo visitan por primera vez presencian un espectáculo insospechado.

Serio, grave, digno y altivo, con el aire de un viejo filósofo que acabase de abandonar la compañía de Séneca, por las calles estrechas e inundadas de sol del pueblecito extremeño discurre un romano. Un romano auténtico, con su clámide, sus sandalias, su melena… Los campesinos le ven pasar, le saludan y charlan con él con una absoluta indiferencia, adquirida después de veintitantos años de convivencia. A veces, algún viajero inquiere:

—¿Quién era ese hombre?

 —Es Don Ángel, el maestro de la melena…—le contesta cualquiera.

—¿Pero es de aquí? 

—No. Vino hace veintitrés años a regentar la escuela de Casar, y aquí se quedó. Ahora es director de la Escuela Graduada.

El viajero, en muchas ocasiones, es curioso, y quiere adquirir más detalles. 

—¿Y va siempre vestido de romano?

—Si; siempre. Al poco tiempo de llegar aquí ya adoptó esa indumentaria, y desde entonces, lo mismo en invierno que en verano, nunca la ha abandonado. Varios inspectores de primera enseñanza, en el tiempo que él lleva aquí, han intentado convencerle para que se vistiese de un modo normal, pero nunca consiguieron nada…

"Visto la indumentaria por convicción"

Casar de Cáceres es un pueblo célebre en la región por sus riquísimas y acreditadas tortas. Por lo demás, es un lugar dormido y quieto, uno de esos silenciosos pueblos extremeños, recogidos en una paz inalterable. Don Ángel Rodríguez Campos, el maestro de la melena, el extraño personaje de indumentaria romana, llegó a él hace veintitrés años, cuando acababa de abandonar la Escuela Normal de Maestros de Salamanca, su ciudad natal. ¿Por qué este hombre culto, que lee a los clásicos latinos y que tiene categoría profesional antigüedad suficiente para desempeñar su magisterio en cualquier ciudad de España , incluso en Madrid, se ha resignado a vivir así, apartado y desconocido, en un rincón de la Península? Le he hecho esta misma pregunta en el aula, llena de chicos, frente a la pizarra, donde acababa de explicar una «lección ocasional»—La vuelta ciclista a España— y él me ha contestado sencillamente:

—Busco la paz… 

Es un hombre menudo, de mediana edad, de palabras y además mesurados y graves. 

—¿No se aburre usted aquí?

—¡Oh, no! Leo mucho, sobre todo a Horacio y Virgilio. Paseo, medito…

Le dirijo, por fin, la pregunta que pugno por hacerle desde que estoy hablando con él:

—¿Por qué adoptó usted la indumentaria romana ?

Queda un momento en silencio.

—Por convicción, por íntima convicción…—dice después.

—¿Hace ya mucho tiempo? 

—Sí. Poco después de llegar a este pueblo. Hace justamente veintitrés años. Por entonces, un suceso ocurrido en mí vida me transformó…

No dice cuál fué este suceso, y adivino que no quiere hablar de él. ¿Qué historia amarga rodea a la figura anacrónica, envuelta en la clámide, de este hombre? ¿Un amor?…

Por Rabanal Brito