"Un tapiz que hace mal de ojo"

Revista Alrededor del mundo — 1905

Entre los regalos hechos al emperador de Rusia por los soberanos europeos, con motivo del nacimiento del zarevich, figuraba un magnífico tapiz persa enviado por el sultán de Turquía.

Al contemplar la zarina el soberbio presente, deshízose en elogios, declarando que jamás habían visto sus ojos obra más perfecta y admirable. El tapiz fué colocado en la cámara del zar, constituyendo por si solo el principal ornato de la regia estancia. Observándolo cierto día de cerca el emperador, advirtió que con la trama del tejido parecían combinarse algunos caracteres ó signos de un alfabeto para él desconocido. Lleno de curiosidad, hizo ir á palacio á un sabio orientalista de la Universidad de San Petersburgo.

Examinó éste los signos misteriosos, descubriendo que se trataba de una inscripción en un antiguo dialecto persa, cuyo contenido era el siguiente:

La página en cuestión.

«¡En nombre de Dios misericordioso! Los tres artífices que terminaron este tapiz, últimos de los trescientos que comenzaron á tejerlo, desean que Dios haga caer sobre la cabeza do sus poseedores toda clase de desventuras.»

Intrigado el zar, ordenó que se practicara una minuciosa indagatoria acerca del tapiz, para lo cual fué á Turquía una comisión especial. El resultado de sus investigaciones no tuvo nada de lisonjero, cual podrá observarse. Desde hace más de un siglo se conoce en Constantinopla al tapiz de referencia con el nombre de La Cortina Sangrienta. Fué fabricado en Teherán en el siglo X con destino al rey Hasam Abul Kasem, personaje cruel y en extremo sanguinario, quien castigaba con la decapitación el menor error cometido por los obreros en el tejido del tapiz.

Acabada la obra, comenzaron á llover sobre el monarca y su reino calamidades sin cuento. Un mago declaró á Hasam que el tapiz tenia la culpa de todo, razón que determinó al déspota á desprenderse á escape del fatídico objeto, vendiéndolo por un puñado de monedas á unos mercaderes griegos. Desapareció el terrible cortinaje durante cuatro siglos, haciendo su reaparición en Roma á mediados del siglo XIV, en el palacio de los Papás, á quienes debió ser regalado por algún gran señor italiano. La entrada del tapiz en la mansión de los Pontífices se señaló por un incendio y varias muertes repentinas de Cardenales. Desde Roma pasó el tapiz á Inglaterra. No se sabe quién lo regaló, en el siglo XVI, á Enrique VIII, y éste á su vez á sus esposas Ana Bolena y Catalina Howard, cuyo funesto fin es bien sabido.

En el siglo XVIII fué á parar el tapiz á poder del sultán de Turquía, ocurriendo al soberano tantas desventuras, que, previo el consejo de sus ulemas, quedó relegado aquél á los sótanos del palacio imperial, de donde lo ha exhumado ahora Abdul Hamid para regalárselo al zar.

Después de leer lo que antecede, no extrañarán los supersticiosos nada de lo que le está pasando a Rusia1, antes bien, les parecerá naturalísimo.

Anotaciones

1Lo más probable es que se refiera a la Revolución Rusa de 1905, una ola de agitación política de masas a lo largo de grandes zonas del Imperio, que aconteció a lo largo del año. “Se dieron casos de terrorismo, huelgas de trabajadores, disturbios campesinos y motines militares, teniendo todos en común una insatisfacción popular generalizada hacia el régimen del zar Nicolás II de Rusia.”